Jueves 9 de septiembre

Cuando escuché sus quejas y razones, me llené de indignación.

Nehemías 5,6

Una tremenda crisis económica se había desatado en el seno del pueblo de Israel repatriado. La hambruna, junto con la desmedida exigencia del pago de impuestos, había llevado a muchas familias a la ruina. Encima, aquellos pocos que sí disponían de recursos económicos se aprovechaban de la miseria de sus compatriotas prestando grandes sumas de dinero y, cuando sus deudores se atrasaban en el pago, tomaban sus tierras y esclavizaban a sus hijos e hijas. Muy lejos en el olvido había quedado la responsabilidad de ocuparse de los pobres. Ya nadie parecía recordar que la devoción y fidelidad a Dios debe reflejarse en la forma en que ayudamos a los necesitados. Y como si fuera hoy, la crisis económica terminó desembocando en una crisis espiritual de valores.

El clamor por justicia llegó a oídos de Nehemías, quien de cara a aquellos que se aprovechaban de su propio pueblo para enriquecerse se llenó de indignación. Fiel a su convicción de que Dios tiene especial interés en el cuidado de los pobres y oprimidos, se dispuso a enmendar los abusos impulsando una radical reforma de la política económica a la par de rectificar los errores del pasado. Dios jamás quiere que las personas nos beneficiemos de las desgracias de otros. Al contrario, y muy en disonancia con los valores de este mundo, desde una perspectiva espiritual el cuidarse unos a otros es más importante que el beneficio personal.

Amparados por su gobernador Nehemías, el pueblo de Israel volvió a vivir en justicia económica y paz espiritual por muchos años. ¿Y nosotros?

Al que ayuda al pobre, nada le faltará. (Proverbios 28,27)

Annedore Venhaus

Nehemías 5,1-19

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