Lunes 15 de julio

 

Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.” Al momento dejaron sus redes y se fueron con él.

Mateo 4,19-20

A muchas personas les encanta ir a pescar como un hobby durante un fin de semana, o en las vacaciones, a algún río o arroyo.

Pero Jesús hace este llamado a personas que no pescaban por un simple pasatiempo de un día libre, sino que lo hacían para ganarse la vida. Y no solamente para satisfacer el consumo familiar, sino para vender el fruto de su trabajo y obtener el sustento. Por eso, un día en que “no había pique” peligraba la economía de la familia.

Podemos, entonces, imaginar lo que significaba para esos pesca-dores la invitación de Jesús: abandonar sus barcas y sus redes, que eran sus medios de vida, y seguirlo, sin tener asegurado el techo, el abrigo y el sustento.

Importante es el propósito que tiene Jesús para con ellos. Les dará una nueva ocupación, una nueva tarea: “pescar” a personas. “Pescar” a una persona suena como tenderle una trampa, seducirla, atraparla. Sin embargo, en el tiempo de Jesús se utilizaban más frecuentemente redes, a las cuales los peces entraban, sin ser obligados. La imagen de pescar, en este caso, pierde su connotación violenta. Una red también puede brindar contención, reunir y congregar. En una red uno puede sentirse seguro y protegido. Por su testimonio a favor de Jesús y de su reino, los discípulos atraerían y convocarían en torno a él a otras personas.

Aquellos pescadores fueron dóciles al llamado de Jesús. Al oír su voz no dudaron ni cuestionaron su invitación, sino que dejaron sus redes y se fueron con él.

Preguntémonos en este día cuáles son aquellas “redes y barcas” a las cuales se aferra nuestro corazón, y que demoran nuestra respuesta al llamado de Jesús.

Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre; en la arena he dejado mi barca: junto a ti buscaré otro mar. (Canto y Fe Nº 282)

Bernardo Raúl Spretz

Mateo 4,18-25