Lunes 16 de agosto

Ezequías… oró en su presencia. Dijo: “Señor y Dios de Israel, que habitas entre los querubines, sólo Tú eres el Dios de todos los reinos de la tierra. ¡Tú hiciste el cielo y la tierra! Inclina, Señor, tu oído, y escucha. Abre, Señor, tus ojos, y mira.”

2 Reyes 19,15-16a

Esta sección del libro de 2 Reyes nos presenta la tensión entre los dos reinos: el del Norte y el del Sur. En tiempos anteriores era una sola monarquía bajo el reinado de David. Después de la muerte de Salomón el reino se divide. El Reino del Norte es tomado como vasallo por el Imperio Asirio. Por su parte el Reino del Sur (Judá) estaba bajo el mandato del rey Ezequías, quien propone una reforma religiosa y ética.

¿Por dónde comienza entonces esta reforma? Por el templo de Jerusalén. El Reino del Sur era mirado por el Reino del Norte con recelo porque el rey Ezequías intentaba recuperar la fe de los antepasados en Yavé como único Dios, así como Jerusalén en calidad de capital religiosa y su templo como el centro espiritual de todo Israel.

En medio de todo este contexto tan difícil Ezequías se vuelve a Dios y ora. Él necesita ser escuchado por Dios; pero también necesita que Dios mire lo que está aconteciendo para que comprenda y actúe en el camino de la re-conversión de su pueblo.

Queridos lectores y lectoras: ¿Cuándo nos acercamos a Dios verdaderamente? ¿Lo buscamos solamente en las situaciones-límites? ¿O le entregamos nuestras vidas todos los días pidiéndole que nos guíe en cada momento?

Hay un precioso canto de confesión que solemos cantar en algunas de nuestras celebraciones y que dice: “En tus manos, Señor, en tus manos siempre estamos, Señor, siempre estamos…” (Canto y Fe Nº 242)

Wilma E. Rommel

2 Reyes 19,1-19

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