Lunes 22 de octubre

 

Después de esto, miré y vi una puerta abierta en el cielo, y la voz que yo había escuchado primero, y que parecía un toque de trompeta, me dijo: “Sube acá y te mostraré las cosas que tienen que suceder después de éstas”.

Apocalipsis 4:1

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La visión del profeta se ubica ahora en el cielo. Allí se abre una puerta y desde adentro se oye una voz que lo invita a subir y descubrir cosas que sucederán en el futuro.

En el Apocalipsis se habla de tres puertas: la puerta de la oportunidad (que es la de anunciar el Evangelio); la puerta de la revelación (la de nuestro texto) y la puerta del corazón humano. Dice Apocalipsis 3:20 “He aquí yo estoy a la puerta y llamo”.

Y recordé aquella fábula cuando se le pidió a un hombre que pintara un lindo cuadro. El día de la presentación asistieron autoridades locales, fotógrafos, periodistas y mucha gente pues se trataba de un famoso pintor.

Llegado el momento, tiró del paño que cubría el cuadro. Las personas miraron atónitas tal belleza y después hubo un caluroso aplauso. Era una impresionante figura de Jesús tocando suavemente la puerta de una casa. Jesús parecía vivo, con el oído junto a la puerta parecía querer oír si alguien le respondía desde adentro.

Las personas fueron a felicitar al pintor, hubo discursos y elogios. Todos admiraban aquella obra de arte. Pero un observador curioso halló una falla en el cuadro. ¡La puerta no tenía cerradura! ¿Cómo se haría para abrirla?

-Así es, respondió el pintor. Esta es la puerta del corazón humano, sólo se abre desde adentro.

Queridos lectores: este relato está muy lejos de quienes golpean a nuestras puertas y quieren ofrecernos con insistencia su propia interpretación del Evangelio. Es preciso escuchar la voz de Jesús, ese que no fuerza o impone la Buena Noticia. La da, la entrega con delicadeza como si fuera un regalo. “Yo he venido para que tengan vida, y para que  la tengan en abundancia” (Juan 10:10). De nosotros depende tener el corazón abierto para dejarnos llenar con sus palabras de vida eterna.

Señor, que nuestra vida sea arcilla blanda en tus manos, para que tú puedas formarla, formarla a tu manera. (Canto y Fe 295)

Stella Maris Frizs

Apocalipsis 4:1-11