Lunes 4 de septiembre

 

 

Números 13,1-3.17-33

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Dios dijo a Moisés: “Envía hombres adelante para que exploren esa tierra de Canaán que voy a darles a los israelitas. Cada tribu elija como representante a uno de sus jefes.”

Números 13,1-2

A los más pobres de los pobres de la humanidad Moisés eligió para transformarlos en un pueblo libre con tierra propia. Los eligió para cumplir la promesa que Abraham había recibido muchos años antes de parte de Dios.

Gente tenía, y no poca. Brutos, sin formación alguna. Violentos y con muy pocos códigos de convivencia. Cuarenta años recibiendo clases para transformarse en un pueblo medianamente organizado con un par de leyes sociales y religiosas.

Lo que le faltaba era tierra. La poca que había estaba ocupada por otra gente, por estados poderosos y bien armados para defenderse.

Moisés, más allá de su profundo liderazgo religioso, era un gran estratega político. Tuvo tiempo suficiente en el palacio del Faraón para aprender esta materia. Lo que lo hacía tan distinto a los faraones era su apuesta a la gente que enseñó. Para él, ellos debían ser los protagonistas para conseguir la tierra, radicarse y vivir como pueblo organizado. Su servicio de inteligencia se puso en campaña para ver dónde podrían radicarse todos ellos sin demasiados problemas. Sabemos que eran hombres y mujeres que hicieron este trabajo. Lo que impacta en Moisés es su bajo perfil, su capacidad por empoderar gente sencilla para que asuma su libertad y sea protagonista de su historia.

Todavía hoy muchos pueblos, por no decir casi todos, carecen de este tipo de liderazgo en que el pueblo realmente es preparado para tener un fuerte protagonismo. Alcanza por descubrir que pocas personas definen las guerras en Medio Oriente, las hambrunas en África, Asia y América Latina. Qué pocos son los que siguen explotando el planeta como si fuera un simple depósito de recursos contra la voluntad de la absoluta mayoría. 

Juan Pedro Schaad      Números 13,1-3.17-33