Martes 10 de enero

 

 

Se extendió su fama por todo aquel lugar.

Lucas 4,37

En una conferencia de un monje oriental, le escucho decir:

“Mi mano derecha ha escrito muchos poemas. Mi mano izquierda no. Mi mano derecha no le dice a mi mano izquierda que se siente superior a ella ni mi mano izquierda sufre de ningún complejo de inferioridad. Son felices porque no discriminan. No tienen complejos ni compiten entre sí.

Una vez, con la torpeza que me caracteriza, intentaba martillar un clavo y con el martillo que manejaba mi mano derecha, en lugar de dar en el clavo, golpeé el dedo de mi mano izquierda. Inmediatamente, mi mano derecha dejó el martillo de lado y acudió a consolar a su hermana herida con mucha ternura, como si ella misma se hubiera lastimado. Y no lo hizo como haciéndole un favor, advirtiéndole que estaba en deuda y que le debía una. Mi mano izquierda no clamó por justicia ni tomó el martillo para golpear a su vez deliberadamente a mi mano derecha”.

Así es que mis manos son como deberíamos ser nosotros como miembros de la Iglesia.

La fama es puro cuento. La nuestra. La fama de Jesús crecía porque hacía lo que decía y decía lo que pensaba. Y fue coherente hasta el final. Mejor dicho, será coherente hasta el final de los tiempos.

Señor, quisiera ser la mano izquierda en tu misión, para que me consueles cuando en mi torpeza me golpee y la vida me duela.

Tus manos, Señor, son una maravilla. (Canto y Fe Nº 301)

Aníbal Barengo

Lucas 4,31-37  

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