Martes 12 de septiembre

 

 

En el camino, la gente perdió la paciencia y empezó a hablar contra Dios y contra Moisés. Decían: ¿Para qué nos sacaron ustedes de Egipto? ¿Para hacernos morir en el desierto? No tenemos agua ni comida. ¡Ya estamos cansados de esta comida miserable!

Números 21,4-5

El pueblo de Israel, liberado de la esclavitud de Egipto, peregrinaba por el desierto hacia la tierra prometida. En el camino hablaba contra Dios y contra Moisés.

Creo que coincidiremos en que los seres humanos somos inconformistas por naturaleza. Nos quejamos permanentemente. Nos quejamos si llueve y también si no llueve, rezongamos por el gobierno, por los impuestos, por los políticos. Nos quejamos por los vecinos, por nuestros hijos, por nuestros padres, por la magra cosecha… Siempre vemos el medio vaso vacío en lugar de ver el medio lleno.

Días pasados, un comerciante sonriendo me contó que le causaban gracia las conversaciones de sus clientes. Uno decía: “Por fin refrescó, el calor ya era insoportable”. Unos minutos más tarde, otra señora se quejaba: “Tan agradable que estaba, lástima que ahora empezó a hacer frío”.

Así les sucedía a los israelitas. Dios había respondido a cada uno de sus reclamos: les enviaba maná, codornices y el agua que brotaba de la roca. Sus quejas no eran por hambre, sino por desvalorizar las provisiones de Dios en lugar de ser agradecidos y reconocer que Dios los estaba conduciendo hacia la libertad. Continuamente añoraban el supuesto bienestar que tenían en Egipto, negando y olvidando las crueles privaciones allí sufridas. La mente humana tiene la extraña capacidad de deformar y embellecer el pasado. Del mismo modo sucede también frecuentemente en la Iglesia, donde resulta más fácil criticar que ofrecerse para colaborar.

Oh, deja que el Señor te envuelva con su espíritu de amor, satisfaga hoy tu alma y corazón. Entrégale lo que te impide y su espíritu vendrá sobre ti y vida nueva te dará. (Canto y Fe 288)

Bernardo Raúl Spretz

Números 21,4-9