Martes 21 de mayo

 

Cuando él esté débil y cansado, caeré sobre él y lo llenaré de miedo, y toda la gente que está con él, huirá. No mataré más que al rey, y luego haré que todo el pueblo se reconcilie contigo, como cuando la recién casada se reconcilia con su esposo. Lo que tú buscas es la muerte de un hombre; y todo el pueblo quedará en paz.

2 Samuel 17,2-3

 

Estos versículos nos cuentan de las grandes dificultades en las que se encuentra David. Su propio hijo Absalón, al cual, creemos, amaba más que a cualquier otra persona en el mundo, encabezaba una rebelión contra él, lo cual fue una experiencia desgarradora para él. Y como vemos en el relato, David huyó de Jerusalén porque no quiso que esta ciudad se convirtiera en campo de batalla ni que fuera destruida. En toda esta trama y complot en marcha, si David pudiera ser vencido, la rebelión entonces se acabaría.

Podemos ver cómo se preparaba el escenario para una nueva tragedia que, en esta ocasión implicaba a toda la nación. Miles de israelitas morirían en el campo de batalla.

Como toda guerra, posteriormente en la historia, aquella revelaría las trágicas consecuencias del pecado, evidentes en la ambición de un hombre y en su sed insaciable de poder.

¿Cómo entender esta forma de proceder? Como cristianos creemos que sólo el poder del Evangelio, el poder de Dios, puede regenerar a esa típica naturaleza humana por la acción del Espíritu Santo. Jesucristo hizo posible que el ser humano tuviese paz con Dios y, como uno de los resultados de esa nueva relación, experimentase paz en la convivencia con sus semejantes. Con todo, creemos que ha quedado debidamente demostrado que la paz auténtica es un bien inalcanzable por medios humanos. Bien dijo el apóstol Pablo en su carta a los Ro-manos 5,1 que, habiendo sido declarados justos por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Oremos para que Dios nos ilumine siempre para andar cada día en sus caminos de paz.

Mario Bernhardt

2 Samuel 16,15-17,4