Martes 4 de septiembre

 

Otra parte cayó en buena tierra y dio buena cosecha.

Mateo 13,8

Dios es un buen sembrador. De esa manera tan sencilla habló Jesús a la multitud. Utilizó imágenes tomadas de la vida cotidiana para mostrar a un Dios presente en la vida: recreándola, produciéndola, cuidándola, a la espera de… Dios echa la semilla siempre. Todos los días. Unas dan más fruto que otras. Pero Dios no para de actuar, de hablar, de advertir, de sembrar… Y nos sorprende, gratamente, porque va sembrando por donde nosotros no nos imaginamos. Y de repente crece algo. Y a lo mejor nos asusta porque no sabemos cómo ni por qué ha salido eso. Porque estamos acostumbrados a otro tipo de frutos, pensados, planificados y esperados.

Parece que la dificultad de una buena cosecha, tal como se des-cribe en esta parábola, no estaba en la torpeza o limitación del sembrador, ni en la mala calidad de la semilla, sino en la mala disposición y en las malas condiciones de la tierra en la que se sembraba.

La semilla cae en la tierra. Pero hay “pájaros”, “piedras”, “espinos”, sol o “el maligno” que van a fastidiar la cosecha. Sin embargo, Dios es más fuerte que todas esas cosas y hace posible que la semilla dé fruto. A pesar de todas las dificultades que encontramos en la vida, sigue sembrando, no se cansa de hacerlo.

Nosotras, nosotros también tenemos que poner de nuestra parte, está claro. Y abrirnos a los ritmos de Dios, a sus tiempos, a sus “lluvias”. Dice el refrán que “nunca llueve a gusto de todos”. Y a veces no “llueve” cuando nosotros queremos. Porque Dios no se deja manipular, ni atrapar. Es tan libre y tan próximo y tan cercano, como el verdadero amor.

La palabra de Dios siempre es una palabra buena, una palabra de amor que intenta iluminar, encender, serenar, consolar, animar, que nos indica el camino. Que el sembrador pueda encontrar en tu vida una buena cosecha. Recuerda que es hoy un buen tiempo para preparar la tierra, buena tierra en tu vida. ¡Que el sembrador te bendiga!

Marisa Hunzicker

Mateo 13,1-9;18-23