Martes 7 de mayo

 

Hermanos, les ruego que se cuiden de los que causan divisiones y ponen tropiezos, en contra de la enseñanza que ustedes recibieron. Apártense de ellos, porque no sirven a Cristo nuestro Señor, sino a sus propios apetitos, y con sus palabras suaves y agradables engañan el corazón de la gente sencilla.

Romanos 16,17-18

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A lo largo de los dos mil años de la historia de la iglesia, siempre hubo momentos en los que aparecían personas que en lugar de predicar el evangelio de Jesucristo Crucificado y Resucitado, propagaban enseñanzas propias confundiendo a la gente. Pablo y otros autores del Nuevo Testamento advierten frente a estos promotores de escándalos. Pablo desenmascara los móviles de estos sectarios: sus apetitos, de-seos personales, ventajas, privilegios, ganancias deshonestas.

Hace algún tiempo comenzó a divulgarse en todo el mundo una corriente llamada “teología de la prosperidad”. Sus agentes prometen salud, trabajo, bienestar, casas y vehículos lujosos, éxito en los negocios, felicidad en el hogar, en fin, prosperidad – claro, a cambio de cuantiosas ofrendas que deben hacer los interesados en tales beneficios. Son verdaderas empresas de religión con gigantescos salones, escenarios impactantes y predicadores muy insistentes – y una clientela compuesta en buena parte por personas que muy sinceramente bus-can solución para sus problemas cotidianos y son atrapadas por estos hábiles negociantes del templo que les venden baratijas, les prometen el oro y el moro y les sacan hasta el último billete. El mercado florece y ofrece rosas, cintas, agua, jabón, sal, piedras, aceite, mantos, etc. que supuestamente ponen fin al sufrir de la gente, siempre y cuando ésta llene las cajas de la ofrenda con sus billetes.

Definitivamente, este dios mercachifle no es el Dios de nuestro Señor y Salvador Jesucristo; el Dios del Evangelio, de las personas pecadoras, humildes, arrepentidas, sinceras; el Dios que nos ama y nos salva, forma comunión entre nosotros y nos llama al seguimiento de Jesús y al servicio desinteresado al prójimo.

René Krüger

Romanos 16,17-27