Miércoles 26 de agosto

 

Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame.

Marcos 8,34

Este texto da la sensación de que ser cristiano es una opción difícil, una carga pesada, una elección de vida compleja.

Sin embargo, al meditar sobre este versículo, comienzo a sentir que es opuesto a lo que se lee de manera ligera. La cruz que debemos llevar es aquello que vivimos a diario, las decepciones, los desencuentros, los pesares y todas las emociones negativas, como el miedo, el enojo, la tristeza… Cristo nos invita a llevar todo a los pies de la cruz, que ya él cargó con todos nuestros dolores y murió para que nosotros tengamos la posibilidad de una vida diferente.

La cruz, en este sentido no es una condena, sino la bendición de poder ser recibidos por nuestro Dios con nuestras debilidades y tal cual somos. La cruz es una señal de amor incondicional, que nuestro creador nos regala, y espera a cada uno con sus brazos abiertos, por el tiempo que sea.

Tomar nuestra cruz y encontrarnos con Dios, es un encuentro liberador de cargas, de malas consciencias que nos condenan, para comenzar a sentir la esperanza de algo mejor. Es visualizar otra forma de vivir, con más alegría, siendo más agradecidos, donde observamos todo con mayor asombro y poder descubrir los milagros, que muchas veces pasan desapercibidos por la ceguera en la que vivimos.

Tomar la cruz es vivir según sus enseñanzas y encontrar un refugio, un amparo, un sentido a la vida. Es sentir que podemos servir y ayudar a los demás para que sus cruces no sean tan pesadas. Es poder renacer a una nueva vida.

Padre nuestro, tomo mi cruz y te la entrego para que hagas sentir en mi vida tu Espíritu liberador. Amén.

Inés Schmidt

Marcos 8,34-9,1