Miércoles 4 de diciembre

 

Hagan venir a mi pueblo que tiene ojos, pero está ciego y tiene oídos, pero está sordo. Reúnanse todos los pueblos, júntense las naciones. El Señor afirma: “ustedes son mis testigos, mis siervos, que yo elegí para que me conozcan y confíen en mí y entiendan quien soy.”

 

Isaías 43,8-10

Para el pueblo de Israel, los años del exilio son una sucesión de días difíciles. Cinco décadas es mucho tiempo, y la fe en Dios se debilita junto con la esperanza de volver a Jerusalén. Por otra parte, cinco décadas es suficiente tiempo para Dios que perdona el pecado de su pueblo y anuncia que el final del exilio se acerca.

Leer la Biblia, reflexionar cada día con las Lecturas Diarias, asistir al culto o participar en estudios bíblicos son algunas de las actividades que nos permiten conocer la palabra de Dios. Este es el punto de partida para confiar y ser sus testigos. Pero me surge la pregunta, ¿testigos de qué? Y más preocupante aún, ¿qué clase de testigos seremos si Dios nos recrimina que no vemos y no oímos?

Y si hoy me propongo ver no sólo rostros, sino actitudes, y oír no sólo palabras, sino sentimientos como Dios pide, ¿cómo afectaría mi vida?, ¿podría llevar palabras de consuelo, aliento o dar un abrazo a quien necesite? ¿Podría vencer la indiferencia, la ceguera y sordera? ¿Podría dar testimonio de Dios?

Nosotros somos testigos del poder de Dios y de su promesa de salvación. Cada día puedo dar testimonio del amor de Dios. Cada día puedo intentar averiguar qué espera Dios de mí.

Por ti, mi Dios, cantando voy

la alegría de ser tu testigo, Señor.

Me mandas que cante con toda mi voz; no sé cómo cantar tu mensaje de amor. La gente me pregunta, cuál es mi misión, les digo: “Testigo soy”.

Por ti, mi Dios, cantando voy

la alegría de ser tu testigo, Señor. (Canto y Fe Nº 275)

Gabriela García-Feege

Isaías 43,8-13