Sábado 14 de marzo

 

Y cuando estén orando, perdonen lo que tengan contra otro, para que también su Padre que está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados.

Marcos 11,25

Cuando estoy en lugares desconocidos me encanta entrar a los templos. Eso no me gusta tanto por lo histórico o lo artístico sino más que todo lo hago para tener un momento de silencio, de reflexión y de oración. Entrar al templo, sentarse en un banco y dejar todo el resto, todos los ruidos de la ciudad afuera, es algo que a mí me renueva. Situaciones así me dejan escapar de mi rutina, de lo normal, y a la misma vez puedo enfrentarme con mi vida cotidiana. Me pongo a pensar y a reflexionar sobre situaciones actuales y sobre las personas que tienen que ver con ellas. La distancia al estrés cotidiano, este sentimiento de paz que yo encuentro en la oración, más que todo estando en la casa de Dios, me lo hace mucho mas fácil perdonar a alguien. La conversación con Dios me permite ver mis problemas a vista de pájaro. Me ayuda a dejar cosas malas atrás, liberarme de lo negativo y encontrar paz. Por eso cada oración es un nuevo comienzo. Un nuevo comienzo conmigo mismo y un nuevo comienzo con los demás.

El acto de perdonar no es algo tan lineal como parece el versículo. No es así que nosotros tenemos que perdonar primero para ganarnos el perdón de Dios sino que nosotros necesitamos el consuelo del perdón de Dios y el buen ejemplo de Jesús perdonando a los pecadores para de ahí poder perdonar también. Entonces oremos, perdonemos y sintamos el perdón, la gran paz que nos regala nuestro Dios.

Annika Wilinski

Marcos 11,20-25

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