Sábado 19 de diciembre

El Señor me ha hecho esto para que la gente ya no me desprecie.

Lucas 1,25

Los seres humanos comparamos, competimos, nos armamos mode-los. Y quién no entre dentro de ese molde no es “normal”. Quién queda atrás en la competencia no sirve. El que no rinde en un trabajo es inútil. Un chico con síndrome de Down es mal visto en una escuela común. En tiempos bíblicos se despreciaba a las mujeres que no pudieran tener hijos; esto aparece en varios relatos bíblicos. Tener hijos era lo que hacía que una mujer valiera. Por suerte esto cambió con el tiempo: las mujeres somos seres humanos y valemos por el solo hecho de existir; igual que las personas con discapacidad o con un defecto físico, igual que los que no son tan rápidos, los que no pueden hacer algunas tareas, o expresarse bien. Es decir: todos los seres humanos somos valiosos, igualmente valiosos.

Dios actúa para el bien de las personas, por eso ayuda a Elizabeth a concebir. Él quiere que cada uno se sienta bien, nada de burlas, nada de “bulling”. Por eso Jesús también ayudó a ciegos, paralíticos, a personas que tenían problemas, tanto hombres como mujeres, para devolverles la dignidad.

Cada ser humano en su individualidad, fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Ese debe ser nuestro parámetro. Lo que más nos asemeja a Dios no es nuestro aspecto exterior, o lo que podemos hacer o lo que poseemos. Lo que más nos acerca a la imagen y semejanza de Dios es la capacidad de amar: cuanto más amamos, más semejantes a Dios somos.

Beatriz Mónica Gunzelmann

Lucas 1,18-25

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