Sábado 27 de julio

 

No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corroen y los ladrones roban y hurtan.

Mateo 6,19

Este versículo está ligado fuertemente a las bienaventuranzas: Bien-aventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. (Mateo 5,3). Las bienaventuranzas expresan cabalmente el centro del discipulado cristiano y se reflejan todas en el actuar de Jesús a cada momento.

Jesús escoge un ministerio itinerante desligado de compromisos relacionados con los bienes corruptibles que pueden limitar fuertemente su libertad. En el siglo XXI, especialmente, el nivel de expectativas en relación a los bienes materiales ha crecido exponencialmente, aunque justo es reconocer que ha sido una tendencia primaria en los seres humanos de todas las épocas, en algunos casos para garantizar las necesidades primarias. Esas expectativas demandan un compromiso sostenido para soportar las exigencias derivadas de esas apetencias. Y este apetito es fogoneado por el almacén global en el cual vivimos.

La contracara es el sufrimiento sostenido de gente que se queda afuera de lugar aun cuando los bienes necesarios para sus necesidades son más que suficientes.

Jesús nos exhorta a no atarnos a las posesiones y buscar acumular sin medida ya que eso, en lugar de seguridad trae inquietud y desasosiego. El stress se alimenta de la búsqueda de mantener un nivel de consumo que cuesta caro, no sólo en efectivo, sino en salud y en las relaciones humanas.

El enfoque que propone Jesús es ocuparnos de lo que permanece, y eso siempre tiene que ver con lo relacional y afectivo; son los vínculos sanos, el compromiso mutuo, la sensibilidad de los que nos sostienen en las tormentas. Lo más importante es encontrar el sentido de la existencia, el propósito que nos llene tanto que no busquemos tapar con cosas lo que no tenemos. Aquello que nos interesa verdaderamente, nuestro tesoro, es el lugar donde estamos: pues donde esté tu tesoro allí estará también tu corazón (Mateo 6,21).

Perdóname, Padre querido, por poner mi corazón en las cosas.

Amén.

Mateo 6,19-24
Juan Carlos Wagner

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