Sermón sobre Lucas 7:11-17, por Álvaro Michelin Salomon

 

En el Evangelio de Lucas Jesús es presentado como el maestro y acompañante pastoral de los pobres. El relato de Lc 7:11-17 está imbuido, entonces, del sentido de solidaridad hacia una familia mono-parental, formada apenas por una madre viuda y su hijo varón. Por ello es importante resaltar que esta historia no trata solamente de una resucitación o reanimación de un ¿muerto? o ¿moribundo? o ¿de una persona en estado de catalepsia?, sino de una acción de Jesús que restituye la vida más plena, tanto al hijo a quien posibilita la vuelta a la vida, como a su madre viuda que se había quedado sola.

El relato de I Reyes 17:17-24 sirve de trasfondo del Antiguo Testamento que puede iluminar la comprensión de la acción sanadora de Jesús. El profeta Elías también cumple una acción sanadora a favor de un niño, quien era el único hijo de una viuda pobre. Este hogar se ubica en Sarepta de Sidón, es decir, en la tierra de los fenicios, no de Israel. Por lo tanto Elías actúa a favor de una familia mono-parental extranjera para él, pero donde había recibido alojamiento en calidad, diríamos hoy, de refugiado (I Reyes 18:8-16).

El texto de Gálatas 1:11-19 da cuenta de la vocación cristiana y apostólica de Pablo, quien era un teólogo fariseo y un activista fundamentalista contra la iglesia primitiva, pero que fue ganado para Cristo por una acción milagrosa de Cristo resucitado en él. De alguna manera el fariseo Saulo de Tarso volvió a vivir espiritual y teológicamente cuando recibió la revelación de Jesucristo.

El Salmo 30, asimismo, canta la superación del peligro de muerte de un creyente ante la cercanía de sus enemigos, liberado por obra y gracia de Dios. Este salmo de David cita a este rey de Israel como fuente autorizada de lo que fue su vida, la cual estuvo en peligro muchas veces. Pero esta oración personal que alguien escribió en nombre de David, una vez publicada y puesta a disposición de Israel, se transforma en oración grupal, comunitaria, representativa de todo el pueblo creyente. Recordemos que Israel en su conjunto ha estado muchas veces en peligro de muerte, en exilio, bajo guerras, en persecución y envuelto así en las complejas tramas de los conflictos de este mundo por los cuales uno resulta agredido pero también contesta con agresión.

La agresión en el caso de Saulo de Tarso, el teólogo fariseo, fue transformada en apertura a los no judíos a causa del Mesías Jesús, el maestro hebreo que fue asesinado bajo el peor castigo que tenían los romanos. La revelación de Jesucristo, así, convirtió a Saulo en Pablo, el apóstol de los gentiles.

En el caso que le tocó al profeta Elías, la agresión incomprensible de una muerte súbita o de una enfermedad incurable para aquel tiempo que se llevaba al hijo de la viuda, dejó lugar a la restitución a la vida por mediación del profeta. Podríamos decir que Elías cumplió una múltiple acción, ya que sus palabras, actitudes y movimientos reflejan lo que era la medicina de su tiempo, así como la oración (vida espiritual) y la atención pastoral.

Y Jesús, quien seguramente recordaba esta historia de Elías así como una acción similar del profeta Eliseo (II Reyes 4:8-37), cumple tanto un acto médico como pastoral. La acción de Jesús consta de varias escenas:

    Mira a la viuda que iba en el cortejo de su hijo sin vida,
    se compadece de ella,
    le habló para comenzar a consolarla (“no llores”),
    se acerca al féretro (donde estaba el cuerpo envuelto pero sin una tapa de madera),
    toca el féretro,
    ¡le dirige la palabra al difunto! diciéndole: “joven, a ti te digo, levántate”,
    al incorporarse el joven y comenzar a hablar, Jesús se lo entrega a su madre.

Podríamos tomar ese conjunto de escenas sucesivas de Jesús como modelo para nuestras acciones pastorales de acercamiento a las personas que sufren, a los marginados, a las familias divididas o mono-parentales, a las mujeres que quedan solas, y a muchas otras situaciones. Primeramente debemos ver, es decir: saber mirar lo  que está pasando en frente de nosotros/as y discernir quiénes están sufriendo. No basta con pasar al lado de; no es suficiente con mirar de reojo y hacerse el indiferente; no sirve la actitud del pensar que no me toca a mí en lo personal o que no me corresponde a mí ocuparme de “esto”. El acto de ver implica tanto el discernimiento de lo que está ocurriendo alrededor como la actitud de que ello me está involucrando personalmente. Si soy consciente de que algo no anda bien cerca de mí (con personas que conozco o no), de alguna manera este grado de conciencia me está concientizando a mí mismo (valga el juego de palabras). Y si esta situación espiritual y/o social que tengo enfrente de mí me concientiza es porque me está “pidiendo” una reacción personal. Si soy indiferente ante el prójimo que está sufriendo y lo tengo bien cerca de mí, aunque sea debo acompañarlo en silencio como hacía aquella multitud que acompañaba a la madre viuda del joven que llevaban a enterrar. Por lo menos debo estar, marcar presencia, demostrar que mi semejante no me resulta indiferente.

En segundo lugar, el compadecerse. La compasión entendida a la manera de Jesús no es un sentimentalismo romántico que me provoca pesar y todo queda allí. Se trata de una actitud de acercamiento real, de un contacto espiritual que ya va creando una relación humana por la cual comenzamos a cambiar la situación dada. Sin  misericordia no hay amor activo. Sin misericordia no hay afecto transformador. Sin misericordia no hay movimiento personalizado a favor de los demás. El compadecerse viene, etimológicamente hablando, del movimiento de las entrañas de la persona. Cuando me compadezco es porque se movilizan mis tripas, es decir, mi interior se sacude porque no puedo quedar indiferente. Por lo tanto debo intentar algo desde lo más profundo de mi ser, lo cual se proyectará en actitudes que salgan al encuentro real de una persona o de un grupo en aflicción.

En tercer lugar vienen las palabras de consuelo. Lo que uno diga, aunque sean muy pocas palabras (como el “no llores” de Jesús hacia la viuda), si son oportunas y expresadas en el momento oportuno serán valoradas como muy importantes. No es necesario prepararse para largos discursos sino prepararse espiritualmente para decir lo que se debe decir. Cuando las palabras surgen del corazón, no son fingidas, la persona en angustia que las reciba sabrá discernirlas como parte de esa relación de afecto que comienza a establecerse. Tal vez ese mensaje  introductorio no constituya algo demasiado novedoso, pero al menos podrá servir de estímulo para lo que venga después, de modo que la relación no se interrumpa en ese momento. Quien recibe el mensaje está en un momento muy sensible y alguna palabra fuera de lugar podría constituirse en un obstáculo para el seguimiento de la relación de afecto.

Notemos, además, que la exhortación de Jesús a no llorar fue expresada en sintonía con aquello que él hará inmediatamente. A Jesús no se le ocurre decirle eso a la mujer para luego dejarla e irse sin más. Lo que dice lo expresa a sabiendas de que su acción pastoral, sanadora y profética continúa con palabras y acción. Él tiene la certeza de que puede realizar un acto sorprendente y que su paso por allí dejará una profundísima huella en todo el pueblo de Naín, a tal punto que su acción será recogida por el evangelista Lucas para ser publicada como parte de su gran ministerio.

En cuarto lugar, de acuerdo al relato de Lucas 7, tenemos el acercamiento a la persona protagonista que sufre la situación más conflictiva, difícil, dramática, y el tocar que implica un directo contacto corporal. Aquí el involucramiento personal se vuelve más profundo y la barrera de separación queda abatida o, al menos, comienza a debilitarse para permitir una mejor llegada y comunicación. El acercamiento pastoral está llegando a su compromiso máximo, allí donde uno como acompañante pastoral (laico o pastor) se expone ya sea a lo que puede considerar como un gran fracaso personal, o bien a la obtención de una respuesta de Dios que se manifieste en un acto sorprendente que escape a nuestro raciocinio. Estando en ese punto nos pueden asaltar inmensas dudas e inquietudes por nosotros mismos (no saber hasta dónde somos capaces de ir con el involucramiento personal), o por lo que resultará de nuestras actitudes, palabras y acciones (no saber qué es lo que Dios obrará a través de nosotros, si es que desea hacer algo en especial). Puede ocurrir entonces que en una circunstancia así nos sintamos ante una enorme disyuntiva: ¿seguimos otro paso más en nuestro acto pastoral o nos quedamos allí sin intentar hacer nada más por el temor al fracaso, al descrédito social y al ridículo?

En quinto lugar compartimos nuevas palabras consoladoras, de exhortación y restitución para la salud integral. Desde el máximo punto de riesgo personal, de compromiso efectivo y frente al temor al fracaso, asumimos que aún hay algo por decir, algo por hacer y mucho por lo cual confiar en Dios. En definitiva nosotros/as no somos Jesús pero confiamos en el mismo Dios. No somos Jesús pero somos sus discípulos. No somos Jesús pero formamos parte del movimiento a favor del Reino de Dios que Él impulsó, por el cual murió y por el cual resucitó. Estamos llamados a hacernos eco de aquellas palabras de Jesús: “joven, a ti te digo: levántate”. Pero no lo haremos como una mera repetición sino tomando en cuenta lo que hay detrás de ellas: el compromiso de Jesús por quien sufre en carne propia una enfermedad, un dolor supremo, una angustia existencial, y por quien pasa como un muerto en vida. El compromiso personal nos lleva a jugarnos hasta aquello que no nos imaginábamos que seríamos capaces de hacerlo. Una vez colocados en la carrera del involucramiento espiritual y social iremos encontrando las palabras oportunas para el momento oportuno. No podemos saberlo todo de antemano; pero Dios irá iluminando nuestros pasos, acciones y palabras en la medida en que vayamos caminando en la dirección de nuestros hermanos/as que nos necesitan.

En sexto lugar, siguiendo el ejemplo de Jesús que aquí tomamos como referencia, se produce el reencuentro de la persona que había sufrido lo peor con la persona que era su vínculo afectivo más importante. Jesús devuelve al hijo a su madre y así la vida familiar, para ellos, queda restablecida.  Es un ejemplo de lo que Dios puede realizar cuando la iglesia, a imagen y semejanza de Jesús, mira la realidad con discernimiento, se compadece de las personas que quedaron al margen de una vida justa, sana, digna y plena, y actúa en consecuencia llevando un mensaje con palabras y comprometiéndose para marcar una presencia especial. Esta presencia no debe llevar el sello de una supuesta omnipotencia de la iglesia o de sus representantes pastorales (ministros, visitadores, diáconos, o quien sea), sino la marca de la autenticidad. Podríamos decir que debemos sufrir con quien sufre pero no tenemos que quedarnos atrapados en el sufrimiento. Si, desde nuestro compromiso, Dios se digna a actuar con su Espíritu Santo más allá de lo que pedimos o pensamos, será su voluntad y su acción. Nosotros, en todo caso, estaremos como instrumentos suyos pero no como fines en nosotros/as mismos/as.  Seremos herramientas de su visitación al pueblo afligido. Nuestra visitación reflejará la visitación de Dios.

Si miramos bien a nuestro alrededor seguramente encontraremos muchas situaciones que pueden hacernos recordar el relato del Evangelio de Lucas que hemos considerado. Dios nos ayude a no quedarnos sólo mirando, sino también a involucrarnos personalmente y como iglesia en aquellas actitudes y acciones por las cuales iremos descubriendo, paso a paso, el mensaje concreto que hemos de dar. Va con nosotros el Evangelio de Cristo. Va con nosotros su Espíritu Santo. Van con nosotros las memorias del profeta Elías, del apóstol Pablo, de los salmistas y de tantos otros/as, que nos ponen en el camino de la vida querida por Dios y por la cual Jesús se comprometió hasta el final. Ese compromiso puede también ser nuestro compromiso. Y, más allá de toda duda, traspié, temor al fracaso o al ridículo, Dios sabrá visitar y visitarnos obrando aquello que, tal vez, habíamos considerado impensable, imposible y totalmente ajeno a nuestra experiencia.

Pastor Prof. Dr. Álvaro Michelin Salomon
Buenos Aires

Fuente: http://www.predigten.uni-goettingen.de/predigt.php?id=6523&kennung=20160605es

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