Viernes 26 de julio

 

Cuando ustedes ayunen, no se muestren afligidos, como los hipócritas porque ellos demudan su rostro para mostrar a la gente que están ayunando; de cierto les digo que ya se han ganado su recompensa.

Mateo 6,16

Hubo una época que en Argentina la mayoría de las monedas de mayor valor eran falsas. Sin embargo, circulaban por doquier y se aceptaban como verdaderas en un pacto tácito. Del mismo modo sucede con las conductas humanas que son moneda cotidiana de intercambio en la con-vivencia con un valor asignado socialmente.

En la época de Jesús había tres obras buenas que eran consideradas necesarias para cada judío justo: la limosna, la oración y el ayuno. Todas tenían su sustento en la Ley de Moisés y se consideraban mandadas por Dios mismo.

La limosna era una forma de practicar la generosidad, el desprendimiento y la sensibilidad; una forma indispensable de misericordia con todas las personas excluidas por diferentes motivos. El significado de la limosna era profundo, incluyendo un sentimiento entrañable de piedad, como cuando se “siente en las tripas” la compasión.

La oración diaria era el necesario ajuste de la conducta a la voluntad de Dios y, sobre todo, un espacio de meditación profunda.

El ayuno marca una elección de privarse voluntariamente de algo para estar más livianos y facilitar la comprensión de las situaciones de necesidad.

Las tres obras buscan un crecimiento real en la solidaridad y en hacer carne la voluntad de Dios. Pero en la práctica cotidiana se prestan a un “si-mulacro social”; la limosna pública busca la aprobación humana, la oración y el ayuno para que todos se den cuenta, una recompensa a nivel de la supuesta bondad del practicante. De ese modo se transforman en monedas falsas, ya que lo que se ve no tiene una coherencia con lo que no se ve.

Actuar para recibir el aplauso de los demás es sólo una acción que en modo alguno recibe el visto bueno de parte de Dios.

Jesús, concédeme la autenticidad que no necesite la aprobación humana. Amén.

Juan Carlos Wagner

Mateo 6,16-18