Viernes 3 de noviembre

 

 

Todos los árboles del campo sabrán que yo soy el Señor. Yo derribo el árbol orgulloso y hago crecer el árbol pequeño. Yo seco el árbol verde y hago reverdecer el árbol seco. Yo el Señor, lo digo y lo cumplo.            

Ezequiel 17,24

Para el reino de Dios, los valores que los humanos establecemos en la Tierra, tienen vigencia invertida.

El profeta está cautivo en Babilonia y debe anunciar a los compañeros de exilio y al pueblo remanente que vive en Jerusalén la caída de esa ciudad. Evento histórico, que sucede luego en el año 586 a/C. Jerusalén, ciudad emblemática para el pueblo de Dios; allí está el templo, lugar de la presencia de Dios, lugar obligatorio para su adoración.

Anteriormente, cuando Ezequiel debe anunciar el destierro, Dios le ordena decir al pueblo: porque yo el Señor, voy a hablar, y lo que diga se cumplirá sin tardanza. (12, 25).

Hoy se nos vuelve a anunciar el castigo divino, o el juicio a los infieles: pueblos o personas individuales. Ya en el capítulo 14, el profeta debe anunciar la comparación del pueblo de Dios con una planta de vid inútil, que sólo sirve para ser quemada.

Sin embargo, encontramos escondida en ese anuncio de juicio una indicación a la esperanza que está en el Señor. Él  determina quién crecerá y quién será castigado;él es también quien restituye la vida. Su retoño brotado dará sombra y cobijo a animales y pájaros. 

El árbol orgulloso, que se olvida de sus enseñanzas e incumple su pacto, será derribado. El pequeño crecerá. El que está verde y cree tener vida, se secará; en cambio el que está seco,brotará. Y los otros árboles reconocerán que yo soy el Señor.

Yo, el Señor, lo digo y lo cumplo. Gracias.

Everardo Stephan

Ezequiel 17,1-24