Al llegar cerca del pueblo vio que llevaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda. Mucha gente del pueblo la acompañaba, al verla el Señor tuvo compasión de ella y dijo: “No llores”.
Lucas 7,12-13
Ayer hablábamos de tres virtudes, hoy podemos agregar una más: la compasión.
Jesús podía aprovechar la ocasión, al resucitar al hijo de la viuda, para hacer proselitismo, ya que mucha gente estaba presente. Pero, qué lejos estaba Jesús de esta idea. A él lo motivó únicamente la compasión, sabía de la difícil situación de la viuda, cuyo hijo era su única compañía y sostén, además del amor de una madre.
La compasión es el principal motor que echa a rodar las acciones a favor del prójimo, para así agradar a Dios.
Cuando en los semáforos se nos acerca un niño, sabemos que dar unas monedas no es la solución, pero motivados por la compasión damos con gusto. O cuando pasamos por los albergues de los damnificados por la crecida del río, gente que tuvo que abandonar su casa y ha perdido lo poco que tenía, sentimos esa impotencia ante tanta necesidad.
En esta era de la tecnología, donde la comunicación es rápida pero fría a través de los celulares e internet, lastimosamente hemos perdido la esencia de la comunicación personal. Es distinto hablar por celular con un ser querido que personalmente mirándose a los ojos. Recuerdo que, en mi infancia, los domingos de tarde eran momentos para visitar a algún familiar o amigos con mis padres. Mientras nosotros jugábamos, mis padres conversaban con los mayores. En esas ocasiones se intercambiaban noticias de cosas buenas y no tan buenas, como el fallecimiento de algún conocido o alguna desgracia, despertando la compasión hacia los que estaban pasando por un mal momento. Ahí se programaba alguna ayuda o visita a ellos.
Bendito Dios Padre, te encomendamos a nuestras hermanas y hermanos en situación difícil. Mantén tu mano protectora sobre ellos y dales esperanza. Te pedimos que nos des fuerzas, y oriéntanos a una ayuda más efectiva. Amén.
José Wenninger
Lucas 7,11-17