Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente; de generación en generación haré notoria tu fidelidad con mi boca.
Salmo 89,1

Hablábamos sobre la libertad religiosa. Me dijo: “yo respeto los derechos de mi hijo, yo no quiero imponer mi religión”. No le dije nada. Era su opinión. Era un matrimonio en el cual cada uno era de una iglesia diferente. Nunca pudieron consensuar sobre la Iglesia donde sería bautizado. Bajo un barniz barato de respeto, se ocultaba una más que evidente incapacidad de llegar a un consenso.
Pensé para mis adentros: “¿No te parece que deberías respetar un poco más el derecho de tu hijo a tener una religión? ¿Y si intentan, como familia que deberían ser, enseñarle a tu hijo sobre Jesucristo, que tenga vida en comunidad y que, luego, después, él elija dónde, a qué iglesia quiere pertenecer? ¿Acaso ambas iglesias no siguen al mismo Dios y leen la misma biblia? ¿No les parece que el problema está en otro lado?”
Me pregunté: “¿Quiénes somos nosotros para negarle a nuestros hijos conocer a Dios? ¿De dónde sacamos la idea que tenemos el derecho de negarles a nuestros hijos el derecho de pertenecer a una comunidad de fe? ¿Acaso a esto llamamos “respetar a nuestros hijos”? ¿Realmente lo hacemos?”
En el versículo bíblico para hoy el salmista declara que él no solo alabará a Dios sino que, también, testificará la fidelidad de Dios a las generaciones futuras. Para la Biblia nunca es demasiado temprano enseñarles a los niños a vivir su fe. Nunca es demasiado temprano hablar con nuestros hijos, comunicarnos.
“Instruye al niño en el buen camino, y aun cuando envejezca no se apartará de él”. (Proverbios 22,6)
Salmo 89,1-4

Sergio A. Schmidt

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