Puse mi esperanza en el Señor, y él se inclinó para escuchar mis gritos.
Salmo 40,1
Mientras leía el salmo, no pude evitar recordar aquella vez que me internaron y estaba a la espera del alta médica. Estaba cansado, ya iban varios días de internación y el tiempo parecía eterno. Nunca me gustó el clima de los hospitales: esos colores claros, la luz fuerte, el olor a desinfectante, tanta gente yendo y viniendo. Lo único que tenía en claro era que quería volver a casa.
En momentos como ese uno se siente atrapado, sin poder avanzar, y la frustración empieza a asomarse. Es fácil dejar que estos sentimientos invadan nuestra mente.
Pero es precisamente en estos momentos de espera y de aparente estancamiento donde la fe puede encontrar su anclaje. En lugar de dejarnos consumir por la ansiedad, podemos elevar nuestras oraciones, sabiendo que no estamos solos. Dios, en su infinita misericordia, se inclina y nos escucha. Él tiene el poder de sacarnos de cualquier “lodo cenagoso” en el que nos sintamos hundidos, de ponernos sobre una roca firme y de afirmar nuestros pasos (a veces no de la manera que esperamos).
Estas experiencias nos transforman. Ponen un “cántico nuevo” en nuestra boca, una alabanza que nace de la gratitud y la certeza de que Dios siempre está con nosotros. Lo más hermoso es que nuestra confianza y la manera en que Dios actúa en nuestras vidas pueden ser un testimonio para otros, inspirándolos también a poner su esperanza en Él.
Señor, ayúdame a mantener mi fe en ti, incluso cuando las dificultades parecen insuperables. Que tu voluntad se haga en mi vida y que pueda servirte con alegría. Amén
Andrea Janecki y Andres Renner