2° domingo después de Epifanía | 2°en el año
Al día siguiente, Juan vio a Jesús, que se acercaba a él, y dijo: ¡Miren, ése es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!
Juan 1,29
Con esta frase que cantamos cada vez que celebramos la Santa Cena, Juan el Bautista presenta a Jesús al mundo: el Cordero de Dios. No es cualquier título. Remite a la Pascua de Israel, cuando la sangre del cordero liberó a los israelitas de la muerte (Éxodo 12), y al siervo sufriente (Isaías 53), que llevaría el pecado de muchos.
Aquí se revela la misión central de Jesús: quitar el pecado del mundo. No solo perdonar, sino cargarlo y eliminarlo. El pecado que nos separa de Dios, que rompe nuestras relaciones y destruye nuestra esperanza, encuentra su respuesta definitiva en Él.
Esto tiene profundas implicancias para nuestra vida. Reconocer a Jesús como el cordero, es aceptar que no podemos salvarnos a nosotros mismos. Es vivir en gratitud y confianza, sabiendo que nuestro pasado está cubierto por su sacrificio. Es también recordar, cotidianamente, que el perdón recibido nos llama a perdonar.
En la vida comunitaria, mirar a Jesús como el cordero nos recuerda que la iglesia no es un club de personas perfectas, sino una comunidad de redimidos. Esto nos invita a tratarnos con paciencia, evitar juicios apresurados o chismes, y a sostenernos mutuamente en la fe.
Cada vez que participamos de la Santa Cena, este anuncio de Juan se actualiza: el cordero está presente para nosotros. Y eso nos fortalece y renueva para vivir en su luz.
Hoy podemos unirnos a la voz de Juan y señalar a Jesús en medio del mundo: “¡Miren, ése es el Cordero de Dios”. Y este sólo gesto, ya es el inicio no solo de una denuncia a este sistema injusto, sino del testimonio vivo de aquél que viene a hacer nuevas todas las cosas, aunque eso moleste a esta sociedad.
Joel A. Nagel