Miércoles 21 de enero

 

No me dejes solo y sin amparo, pues tú eres mi Dios y salvador.

 

Salmo 27,9b

 

A nadie le gusta sentirse solo, desamparado, desprotegido ni desabrigado. No es de extrañar, pues somos seres sociales y necesitamos a los demás. Imaginarnos en soledad puede darnos escalofríos y dejarnos un sabor amargo.
La súplica del salmista a Dios en estos versículos nos resulta, estoy casi segura, bastante familiar. Muchas veces nos hemos visto en la misma situación: pedir a Dios que no nos abandone, que esté a nuestro lado; le pedimos que no nos desampare ante tanta soledad mundana. Y aunque a veces no lo sintamos así, quiero que sepas que esa súplica tiene una respuesta incondicional, pues Dios prometió no abandonarte ni a ti ni a mí.
Esa misma certeza de que Dios está con nosotros debe impulsarnos y motivarnos a hacer lo mismo: caminar con quien nadie quiere caminar, tender la mano a quien nadie quiere saludar y no apartar a quien nadie incluye.
Hoy, ahí fuera, nuestros hermanos y hermanas nos necesitan. No cerremos los ojos ante las injusticias, los problemas y la necesidad. La sociedad de hoy aparta, abandona, desprotege y desampara. Hoy y cada día de nuestras vidas podemos decidir ser instrumentos de Dios en la tierra y no ser parte de una sociedad cada vez más egoísta e individualista. Empecemos hoy a caminar juntas y juntos, y construyamos cada día un futuro más abierto de brazos, más cálido y más humano.
Señor, que pueda ser instrumento de tu paz, donde haya odio, que yo ponga el amor. (Oración de San Francisco de Asís)

 

Alexandra Löblein

Compartir!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Print