Testigos falsos y violentos se levantan contra mí; ¡no permitas que hagan conmigo lo que quieran!
Salmo 27,12
El salmo citado expresa el clamor de quien sufre la injusticia de falsos testigos y la amenaza de violencia. Hoy, este grito resuena en quienes son víctimas de discursos religiosos que distorsionan el mensaje bíblico para justificar el odio, la exclusión o incluso la agresión física. Algunos grupos evangélicos, bajo una lectura manipuladora de las Escrituras, promueven el miedo, la condena al diferente o la sumisión a estructuras de poder abusivas. Usan la Biblia como arma en lugar de como puente de reconciliación.
Es urgente recordar que la esencia del Evangelio es el amor radical (1 Juan 4,18) y la justicia para los oprimidos (Lucas 4,18–19). Un Dios que es “refugio” (Salmo 46) no legitima la violencia, sino que acompaña a quienes la padecen. Jesús mismo denunció a los religiosos que imponían cargas injustas (Mateo 23) y eligió la compasión ante el castigo (Juan 8,1–11). La verdadera fe no se construye sobre el miedo, sino sobre la libertad que nace de saberse amado por Dios.
Denunciar estas prácticas no es “atacar la religión”, sino defender su núcleo ético: “Amarás a tu prójimo” (Marcos 12,31). Esto implica cuestionar a quienes usan el púlpito para estigmatizar —migrantes, mujeres, diversidades— y reafirmar que Dios no necesita sacrificios humanos, sino misericordia (Oseas 6,6). La espiritualidad auténtica no anula el pensamiento crítico ni la dignidad.
En un mundo donde lo sagrado se usa para dividir, el desafío es creer —y practicar— que Dios es más grande que cualquier sistema de opresión. Él escucha el grito de los violentados y transforma el dolor en esperanza. La fe, entonces, no es un instrumento de control, sino un abrazo que acoge y libera.
Eugenio Albrecht