Escuchen lo que dice el Señor: “Levántate, presenta tu pleito ante las montañas; deja que las colinas oigan tu voz”.
Miqueas 6,1
Los cinco primeros versículos del capítulo 6 del libro de Miqueas relatan a Dios en un momento de catarsis en el que se dirige al pueblo con la pregunta: “¿Qué les he hecho para que me traten así?”. Esta pregunta resuena el Viernes Santo, cuando recordamos a Jesús crucificado; algunos lloraban, mientras que otros gritaban: “¡Crucifíquenlo, crucifíquenlo!”. Un Dios que parece desahogarse como un ser humano frustrado por sus esfuerzos en vano.
Es muy humano verse en momentos extremos en los que queremos “gritar a los cuatro vientos”. La catarsis significa liberarse de aquello que nos oprime o, al menos, aliviar nuestra carga mediante alguna acción. Aquí Dios gritó; en otro momento, frente al cuerpo de su amigo Lázaro, Jesús lloró.
Gritar reduce el nivel de estrés y baja la tensión. Llorar genera calma y sensación de alivio. Reírse a carcajadas nos calma y disminuye la ansiedad. Compartir nuestros problemas con alguien que nos escucha sin juzgar nos ayuda a entendernos y sentimos contención. Orar regula la respiración, calma el cuerpo y proporciona alivio psicológico. Confesar nuestras culpas genera alivio y nos ayuda a reconciliarnos con nosotros mismos y con otros y otras. El canto comunitario es una catarsis colectiva que alivia y entusiasma, y que fortalece el espíritu.
Que Dios nos dé brazos que nos contengan en el dolor,
voces que nos acompañen en el canto,
corazones cálidos en el silencio,
y nos regale amor para compartir.
Que su paz nos llene y nos haga libres. Amén.
Jhonatan Schubert