Sábado 31 de enero

 

Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale.

 

1 Corintios 1,27-28

 

En la catequesis una niña me preguntó ¿Cómo es Dios? ¿Cómo es su cara? Y le contesté: “hay que usar la imaginación” ese día le conté varias historias para que ella pudiera imaginarse a Dios. Yo por mi parte quedé masticando la idea y sumé otras preguntas: ¿Qué realidad imaginamos cuando hablamos de Dios? ¿Cómo se relaciona Dios con nosotros? ¿Dónde está en este mundo triste y lamentable? ¿Qué tiene en mente, si es que trama algo? ¿Por qué no hace algo, nos rescata, arregla las cosas? Tal como lo imaginamos, puede marcar la diferencia. “Dios el inalcanzable”, “borrón y cuenta nueva”, “juez furioso”, “rey guerrero”, “tío bonachón”.
El Dios que se encarna, asume el dolor y su rostro es el rostro del crucificado en la cruz. Es de todas las respuestas lo que marcó profundamente mi vida. La cruz es la realidad que cambia todas las cosas y con su amor abnegado, me muestra su rostro y se identifica en cada crucificado de la vida.
Cuando lo miremos cara a cara, Dios no nos mirará y contará nuestras medallas, diplomas o títulos, sino por las cicatrices que portemos… como las suyas.

 

Sergio López

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