El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía; en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes. Entonces brillará tu luz como el amanecer y tus heridas sanarán muy pronto. Tu rectitud irá delante de ti y mi gloria te seguirá. Entonces, si me llamas, yo te responderé; si gritas pidiendo ayuda, yo te diré: “Aquí estoy”.
Isaías 58,6-9a
El ayuno personal como otras prácticas privadas de fe nos vienen de nuestra pertenencia judeo-cristiana. Pero, sabemos que podemos practicarlas de una manera que provoque la desaprobación de Dios (Isaías 58,1-5) ¿Cómo podemos realizarlas para que agraden al Señor?
El texto bíblico de hoy nos trae herramientas valiosas para contestar esa pregunta. Ese acto de justicia privada debe ser acompañado por rechazar y bregar para que caigan las injusticias públicas. Esforzarnos mientras esté a nuestro alcance para que se desaten las ataduras a los oprimidos, ser hospitalarios con los pobres, vestir a los desnudos y dar alimento a los hambrientos, son actos de piedad que acompañan a todo ayuno verdadero. Esas muestras personales de luz, sanidad y rectitud, harán que Dios ofrezca su oído en tiempos de oración y angustia.
Oración: Señor, ayúdame a que mi vida cristiana de amor al prójimo sea un ayuno que te agrade y haga mi camino de fe luminoso.
Marcelo Figueroa