Viernes 6 de febrero

 

Pero hermanos, cuando yo fui a hablarles de la verdad secreta de Dios, lo hice sin usar palabras sabias ni elevadas.

 

1 Corintios 2,1

 

En el ruido y las luces de nuestras vidas, donde la elocuencia y la persuasión a menudo se consideran las llaves del éxito, el apóstol Pablo nos muestra una perspectiva totalmente diferente: nos recuerda que, al anunciar el testimonio de Dios, él no se valió de “palabras cargadas de sabiduría”, sino de una demostración del Espíritu.
Esta declaración resuena con una profunda humildad y una confianza inquebrantable. Pablo, un hombre de gran intelecto y formación, en lugar de apoyarse en su propia habilidad, depositó toda su confianza en la capacidad del Espíritu Santo para convencer y transformar corazones. La experiencia de Pablo nos invita a reflexionar sobre la manifestación genuina de la presencia de Dios en su vida y en su mensaje.
En nuestros propios contextos, ya sea compartiendo nuestras creencias, interactuando con otros, o simplemente viviendo nuestras vidas, la invitación de este pasaje sigue siendo relevante. No se trata de ser elocuentes o intelectualmente superiores, sino de ser canales genuinos del Espíritu Santo. Se trata de permitir que la verdad de Dios brille a través de nuestra humildad, autenticidad y el poder que se manifiesta cuando dependemos completamente de Él.
Debemos aprender cada día a confiar en el poder de Dios y no en nuestras habilidades y conocimientos, pues la obra no crece por nosotros, sino que es Dios quien verdaderamente transforma vidas.
“Espíritu de Dios, llena mi vida, Espíritu de Dios, llena mi ser, Espíritu de Dios, nunca me dejes, yo quiero más y más de tu poder” (Cancionero Canto y Fe N° 76).

 

Gladis Gomer

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