Domingo 8 de febrero

 

5° domingo después de Epifanía | Sexagésima | 5° en el año

 

Ustedes son la luz de este mundo. Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse.

 

Mateo 5,14

 

Este versículo del Evangelio resuena a través de los siglos con una claridad sorprendente. Nos confronta directamente con una identidad que a menudo olvidamos o subestimamos: somos portadores de luz. Jesús nos recuerda que cada uno de nosotros tiene un papel crucial que desempeñar. Nuestra luz individual, por pequeña que parezca, es esencial para disipar las sombras que acechan en la sociedad: la injusticia, la desesperanza, la falta de amor.
Ser luz implica una responsabilidad. Ser luz para los otros es siempre potenciar a la persona. Ser luz para otros es escuchar sin juzgar generando esa intimidad sanadora de quién necesita abrirse para curarse. Ser luz es despertar y provocar sonrisas en los demás. Ser luz para los otros es llorar y dar calor en los momentos más difíciles. Se trata de vivir con autenticidad, coherencia y compasión. Es mostrar bondad en los pequeños actos cotidianos, defender la verdad con valentía y ser un refugio para aquellos que se encuentran perdidos.
Que estas palabras de Jesús nos impulsen a reflexionar sobre nuestro papel en el mundo y a abrazar la poderosa verdad de que, en Él, somos la luz que puede marcar la diferencia. Que nuestra vida sea un testimonio vivo de su amor, una ciudad brillante en la montaña que irradia esperanza y guía a quienes buscan un camino en la oscuridad. Amén.

 

Gladis Gomer

 

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