Lunes 16 de febrero

 

Te declaré mi pecado, no te encubrí mi delito; propuse confesarme de mis delitos al Señor; y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

 

Salmo 32,5

 

Hay algo que ninguna persona puede hacer: perdonarse a sí misma. Podemos buscar excusas, justificaciones y explicaciones para nuestros errores. Pero no podemos perdonarnos. El perdón debe pronunciarse desde fuera. Es una gracia que se nos otorga y que es imposible de alcanzar por méritos propios.
Por supuesto, las palabras “te perdono” o cualquier otra que anuncie el perdón son profundamente liberadoras. Quienes las hemos recibido alguna vez hemos experimentado el enorme poder reparador que tienen y cuántas realidades se renuevan a partir del momento en que se recibe esa gracia. Todo se hace nuevo, porque el perdón no es, ni por asomo, una licencia para que todo siga igual. El perdón es un regalo, una oportunidad, una gracia que hace posible nuevos y distintos comienzos.
Hoy quiero invitarte a que aproveches este momento de encuentro con la Palabra de Dios y te animes a presentarte ante el Señor sin miedo y con sinceridad. Te invito a que, juntos y juntas, pidamos perdón por todo aquello que nos pesa y que no podemos reparar. Perdón por los pecados individuales y por aquellos de los que participamos como parte de una sociedad tan llena de desigualdades y violencia.
Pedir perdón es liberador, reparador y transformador. Marca el inicio de nuevos caminos de comunión con nuestros hermanos y hermanas, y con toda la creación.
¡Gracias sean dadas al Señor, que en Cristo Jesús nos ofrece el perdón de nuestros pecados! Amén.

 

Leonardo Schindler

Compartir!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Print