Miércoles 25 de febrero

 

Un día el Señor le dijo a Abram: “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te voy a mostrar”.

 

Génesis 12,1

 

Me imagino la sorpresa de Abram cuando Dios le hace este llamado; seguramente no estaba en sus planes. Dios no le da un mapa claro ni un plan detallado, solo le dice: “Vete a la tierra que yo te mostraré”.

Recuerdo una pequeña historia anónima que cuenta que en una colina crecían tres árboles con planes de futuro diferentes. Uno quería ser un cofre de tesoros preciosos, otro quería ser un barco resistente en el que los reyes pudieran viajar seguros y el tercero quería crecer alto para estar cerca de Dios. Los tres oraban para que se cumplieran sus sueños.
Con el paso de los años, fueron talados. El primero se convirtió en un cajón para comida de animales y se colocó en un pesebre lleno de paja. Con el segundo se construyó una pequeña barca y el tercero se cortó en largas tablas que se guardaron en un almacén. Al ver lo que habían hecho con ellos, los tres árboles sintieron que sus planes habían fracasado.
Sin embargo, una noche José y María llegaron al establo, pusieron al niño Jesús en el pesebre y entonces el primer árbol entendió que contenía el mayor tesoro de la humanidad. Años más tarde, Jesús y algunos discípulos subieron a una pequeña barca, pero durante la travesía se desató una tormenta y Jesús se levantó y calmó la tempestad. Así, el segundo árbol descubrió que llevaba al Rey de todos los reyes.
Finalmente, alguien tomó dos de las tablas que había en el almacén y sobre ellas crucificaron a Jesús. Ese domingo, Jesús resucitó y el tercer árbol supo que había estado más cerca de Dios de lo que jamás había podido imaginar.
Como Abram, Dios llama a estos árboles y también a nosotros, tal vez sin un mapa claro que seguir, pero con la certeza de que Dios ilumina nuestro camino.

 

Sofia Ayelen Schenhals

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