Domingo 15 de marzo

 

4°domingo de Cuaresma | Laetare

 

Jesús escupió en tierra, hizo lodo con la saliva y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: ve a lavarte al estanque de Siloé – que significa “enviado”. Entonces fue, se lavó y regresó viendo.

 

Juan 9,6-7

 

El bien que hacía Jesús incomodaba. Como si no bastara con no poder ver, además lo culpabilizaban. Se pensaba que su sufrimiento era consecuencia de algún pecado y, con ello, se lo anulaba, sin espacio para la compasión o la misericordia.
Pero Jesús sí lo percibía. Ve a una persona que no está siendo plena, que sufre y que es estigmatizada, incluso por las autoridades. Se acerca y actúa para transformar su vida. El ciego recupera la vista. Cuenta su experiencia, da testimonio. Lo que le ha sucedido viene de Dios, un Dios encarnado que se acercó a él en Jesús.
Y esto es rápidamente atacado por quienes no quieren ver —ni aceptar— que en el bien que Jesús hace se revela el plan de Dios: un plan de vida plena y de salvación.
Hoy en día, el bien que se hace, la ayuda, la empatía y la mirada compasiva que muchas personas y comunidades asumen como fruto de saberse amadas y sostenidas por Dios también resultan incómodas. Y cada vez más, es atacado.
Parece más fácil, aunque sea cruel e inhumano, estigmatizar, discriminar, culpabilizar y anular a las personas. Especialmente a personas con discapacidad, personas mayores, extranjeras, mujeres, minorías sexuales, entre otras.
En medio de este escenario cargado de indiferencia y violencia, la ternura de Jesús, su palabra y su forma de actuar deben animarnos a hacer el bien: aquello que dignifica, hermana y construye. Su modo de ser debe inspirar nuestras acciones, no las prácticas que excluyen o cancelan.
Como Jesús, estamos llamados a “incomodar” siendo una diferencia positiva en este tiempo. A actuar desde lo que dignifica, sin miedo al compromiso con lo bueno. ¡Vamos!

 

Rudinei Bischoff

 

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