Lunes 16 de marzo

 

Desde el fondo del abismo clamo a ti, Señor: ¡escucha, Señor, mi voz! ¡atiendan tus oídos mi grito suplicante!

 

Salmo 130,1-2

 

¿Cómo es estar en el fondo de un abismo? Cuando lo imagino, pienso en un lugar de riesgo, donde miro hacia arriba y no sé cómo subir. También miro a mi alrededor y me pregunto si ya he llegado al fondo o si aún puedo caer más. De esa situación solo puedo salir si hay alguien arriba que me ayuda, que me tiende una cuerda, que quizás tiene experiencia escalando y puede sacarme de la profundidad.
El salmista, desde su antigua sabiduría, pone en palabras la experiencia de caer en los abismos que tenemos en la vida. Puede tratarse de enfermedades, divorcios, deudas, falta de trabajo, la muerte de un ser querido o tantas otras situaciones. En esos momentos, nos sentimos como si estuviéramos en el fondo de un abismo. Estamos ahí, quebrados y lastimados, y dependemos de alguien de arriba que nos ayude a salir.
El salmista nos invita, en primer lugar, a reconocer nuestra fragilidad y vulnerabilidad humanas. No siempre podemos solos. Debemos reconocer con humildad que, a veces, dependemos de los demás y aceptar su ayuda con gratitud. Por otro lado, como personas de fe, tenemos la certeza de que siempre hay alguien arriba. No estamos en soledad absoluta, sino que, cuando gritamos y pedimos ayuda, como lo describe el salmista, sabemos con esperanza y fe de que hay alguien que nos está escuchando.
Gracias, Dios bondadoso y lleno de misericordia, por estar a nuestro lado. Amén.

 

Sonia Skupch

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