Jueves 19 de marzo

 

Entonces el Señor me dijo: “Habla en mi nombre al aliento de vida, y dile: “Así dice el Señor: Aliento de vida, ven de los cuatro puntos cardinales y da vida a estos cuerpos muertos”.

 

Ezequiel 37,9

 

Cuando Dios creó el mundo, el espíritu de Dios se movía sobre las aguas y surgió la vida.
En la visión del profeta Ezequiel, el aliento de vida entra en los cuerpos muertos y los revive.
El profeta Elías se refugia en una cueva y encuentra a Dios en un viento suave y delicado.
En Pentecostés, los creyentes reunidos reciben el Espíritu Santo en medio de un gran ruido que viene del cielo y que se asemeja a un viento fuerte.
Brisas suaves, vientos tormentosos, ruidos fuertes, vientos que se mueven sobre las aguas.
El Espíritu de Dios es el aliento de Dios, que otorga vida. Es impredecible y sorpresivo: aparece cuando quiere y sopla como quiere. A veces es un huracán y otras, una brisa fresca. No podemos saberlo. Lo que sí sabemos es que el Espíritu de Dios es transformador y es dador de vida. Allí donde sopla, nada queda igual, y allí donde pasa su aliento, surge la vida. En esta visión del profeta Ezequiel, a través del aliento de Dios sucede lo absolutamente imposible: un valle lleno de huesos secos y muertos recupera la vida. Y donde solo había resabios de lo que alguna vez fue, ahora la vida brota y florece. Parte del desafío y de la bondad de la vida cristiana consiste en mantenerse abierto y dispuesto a este soplo transformador y otorgador de vida. ¡Abramos nuestros corazones y nuestras mentes para que el soplo de Dios entre en nosotros y nosotras y nos llene de abundante y plena vida!

 

Sonia Skupch

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