Sálvame, Dios mío, porque estoy a punto de ahogarme; me estoy hundiendo en un pantano profundo y no tengo dónde apoyar los pies. He llegado a lo más hondo del agua y me arrastra la corriente. Ya estoy ronco de tanto gritar; la garganta me duele; ¡mis ojos están cansados de tanto esperar a mi Dios!
Salmo 69,1-3
Sin dudas la imagen que el salmista describe es desgarradora. ¿Quién no estuvo en esa situación alguna vez? Cuentan por ahí que hasta los agnósticos llegan a emitir plegarias en los últimos minutos de sus vidas. Resulta común que cuando escuchamos una situación límite nos preguntemos las razones por las que una persona llega a eso y enseguida comenzamos a elucubrar posibles respuestas. De nuevo, ¿a quién no le pasó alguna vez?
Creo que antes de hacernos esas preguntas es importante empatizar (ponernos en el lugar del sufriente) con quien está pasando por un mal momento y pide ayuda. Muchas veces una plegaria a Dios lle- ga luego de no encontrar ayuda en los semejantes, los prójimos. En algunas ocasiones un gesto de empatía con quien sufre logra animar y dar fuerzas para seguir adelante a pesar de la situación dificultosa. Seamos más empáticos y dejemos los cuestionamientos a un lado. Esa simple acción redundará, sin dudas, en interacciones sanas.
David Cela Heffel