Martes 24 de marzo

Las ofensas me han roto el corazón; ¡estoy sin ánimo y sin fuerzas! Inútilmente he buscado quien me consuele y compadezca. En mi comida pusieron veneno, y cuando tuve sed me dieron a beber vinagre. ¡Que su mesa y sus comidas de amistad se conviertan en trampa para ellos! ¡Haz que se queden ciegos y que siempre les tiemblen las piernas! Devuélveles mal por mal; ¡que no alcancen tu perdón! ¡Bórralos del libro de la vida! Pero a mí, que estoy enfermo y afligido, levántame, Dios mío, y sálvame.

 

Salmo 69,20-24.29

 

Los salmos reflejan con honestidad todas las emociones del ser humano, desde la más incondicional confianza hasta la más profunda desesperación, Cuando oramos con los salmos en nuestros cultos, nos apropiamos de esas antiguas palabras y las llenamos de nuestras vivencias. Ahora, debemos leer y orar estos textos con el espíritu de Jesús. Esto significa que no podemos utilizar la oración para mal- decir: “Bendigan a los que los maldicen” (Lucas 6,28). Sin embargo, podemos entender los sentimientos que mueven al salmista. Porque seguramente sea parte de la naturaleza humana querer maldecir contra aquellos que nos han hecho daño.
Es difícil imaginar a alguien que ante las acciones dañinas contra sí mismo reaccione con alegría. ¿Es por ello una acción justificada maldecir contra quienes nos hacen daño? Quiero pensar que todos los casos no son iguales. A veces nos hacen daño sin intención (y eso quizás duele mucho más) y otras veces sí hay intención y tratamos de averiguar qué motivó a ello.
En ambos casos el daño se produce en nosotros y frente a ello pedimos ser salvados como lo hace el salmista, lo que se traduciría en que pedimos sortear o soportar de una manera “aceptable” el sufrimiento.
El sufrimiento es parte integral del vivir, aunque no nos guste aceptarlo. La clave está en cómo transitar ese estadio de nuestro ser. Sin dudas acompañados por Dios y por otros se hace más llevadero.

 

David Cela Heffel

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