El Señor me ha instruido para que yo consuele a los cansados con palabras de aliento. Todas las mañanas me hace estar atento para que escuche dócilmente. El Señor me ha dado entendimiento, y yo no me he resistido ni le he vuelto las espaldas. Ofrecí mis espaldas para que me azotaran y dejé que me arrancaran la barba. No retiré la cara de los que me insultaban y escupían. El Señor es quien me ayuda: por eso no me hieren los insultos; por eso me mantengo firme como una roca, pues sé que no quedaré en ridículo.
Isaías 50,4-7
El profeta Isaías se expresa con una tranquilidad digna de admiración. Sin lugar a dudas su tranquilidad proviene de su confianza en Dios para cumplir el mandato dado. Nada más, y nada menos, que consolar a los cansados mediante palabras de aliento. Se trata de un ejercicio que requiere de una acción previa: escuchar dócilmente. Suele imaginarse tarea sencilla, pero créanme cuando les digo que no lo es. ¿No les ha pasado que alguien con quien no tienen demasiada cercanía de repente les cuenta algo que les parece inusual? Evidente- mente esa persona necesitaba contar algo y no encontraba a quién, por ello terminamos siendo sujetos de escucha. Se trata de una tarea tanto o más importante inclusive que dar palabras de aliento a los cansados.
No siempre tenemos algo para decir a alguien en una situación determinada. Muchas veces ayuda tan solo escuchar atentamente qué quiere contar quien está atravesando una situación difícil. Dios quiera que podamos desarrollar una actitud de escucha atenta y dócil para acompañarnos mutuamente.
David Cela Heffel