Yo canto al Señor, que me da fuerzas. ¡Él es mi salvador!
Salmo 118,14
“Canto de alegría porque tengo amor.
Vivo cada día con el Salvador.
Quiero a todo el mundo de él siempre hablar,
porque Cristo a todos nos quiere salvar”.
(Cancionero Canto y Fe N° 303).
El canto es energía y da energía, es alegría y fuerza. “Quien canta sus males espanta”, nos decían las monjas del Colegio de Monjas al que iba en mi adolescencia, y hay algo de eso.
Los miércoles subo una reflexión al canal de YouTube de mi congregación. Me gusta añadir un comentario como: “¿Ya agradeciste a Dios por el día de hoy? Todavía estás a tiempo”.
Mientras vivamos en esta tierra, estamos a tiempo de agradecer a Dios: por cada día, por los dones que nos ha dado, por las bendiciones que derrama sobre nosotros y por la fe, que mejora nuestra vida y la hace más liviana y alegre.
Jesús nos salva cada día. En principio, de nosotros mismos, pues nos devuelve al camino y nos hace descubrir que, si descansamos en Él, la vida es más fácil. Pero también nos salva de todo aquello que nos distrae en el camino de la fe y nos alerta ante lo que parece bueno, pero luego nos destruye o separa de Él.
Jesús nos salva de una vida egoísta, nos abre el corazón para conmovernos por las situaciones que viven otras personas, la cabeza para descubrir la gran diversidad que somos como humanidad, que es una riqueza y no un peligro, los brazos para hacer lo que más nos reconforta y energiza: abrazar, y las manos para dar, soltar, recibir y tomar… Las manos, esas herramientas maravillosas y únicas, multifuncionales…
Y la voz, para cantar, para alegrarnos y alegrar.
“Canto porque tengo amor.
Vivo con el Salvador.
Quiero su justicia y paz
siempre al mundo proclamar”.
Estela Andersen