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El les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”.
Juan 20,25
Han pasado las horas oscuras de la pasión, el dolor ante la muerte de su maestro y amigo. Algunas mujeres, junto con María Magdalena, apóstol de los apóstoles, fue encomendada por Jesús para anunciarles que estaba vivo y que se iba a encontrar con ellos. Y así fue.
Esa misma noche, Jesús se apareció a los discípulos y les dio un gran regalo: la paz. ¡La paz sea con ustedes! Solo faltaba Tomás, a quien los discípulos le contaron con alegría que habían visto a Jesús, pero Tomás dudó y necesitó experimentar por sí mismo que Jesús estaba vivo.
Ocho días después, estando todas y todos juntos, llega Jesús y no solo saluda a Tomás, sino que se dirige a todas y todos nosotros:
¡Felices los que creen sin haber visto!
En una ocasión, un niño de nivel inicial me preguntó si había estado presente en una de las apariciones de Jesús resucitado. Al responderle que no había estado allí, me preguntó cómo sabía lo que estaba contando.
Y es gracias a todas las personas que nos transmitieron el mensaje de Jesús resucitado, desde las primeras testigos y los primeros testigos, que no se quedaron callados, sino que con valor contaron hasta hoy… Y, como dice el evangelista Juan, “Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y
creyendo, tengan vida en su nombre”.
Que nuestro buen pastor, Jesús, que sufrió y resucitó, y su Espíritu, nos den fuerzas para poder transmitir y compartir la “buena noticia” que significa la fe, la alegría del Evangelio y la vida en abundancia dada por la gracia de Dios.
Delia Ravagnani