4°domingo de Pascua | Jubilate
Yo soy la puerta: el que por mí entre, se salvará. Será como una oveja que entra y sale y encuentra pastos.
Juan 10,9
“Yo soy la puerta…” dice Jesús en Juan 10,7. Puerta, portón, portal… Todos ellos hacen referencia a un paso, un cambio de un ambiente a otro, de una situación a otra e incluso de una expectativa a otra. Son umbrales que nos desafían a lo nuevo, lo desconocido, lo intrigante.
Pero Jesús se nos presenta como la puerta del redil por donde necesariamente debemos pasar nosotras y nosotros, quienes somos en su amor sus ovejas, que lo seguimos porque reconocemos su voz, su mensaje, la buena nueva. Y no es un capricho humano por parte de Jesús que pasemos a través suyo; la libre elección que nos brinda tiene su recompensa: «El que por mí entre, se salvará», nos promete. Ahora bien, ¿de que salvación nos habla Jesús? ¿De la que obtendremos cuando partamos de este mundo a su encuentro? No exclusivamente; la salvación empieza cuando creemos y hacemos carne propia el más grande mandamiento de la Ley que nuestro Señor nos enseñó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 2, 37-39).
Y ahí es donde cobra sentido la misión que Cristo se propuso en su venida: caminar junto a los pobres y excluidos, como se manifiesta en Juan 10, 10: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia».
Que Nuestro Señor Jesucristo mantenga esa puerta del redil siempre abierta de par en par. Ahora y siempre. Amén.
La medida de nuestra vida es tu misterio, oh Dios;
la abundancia de tu gracia es nuestra fe, Señor.
(Cancionero Canto y Fe N° 254).
Carlos Ernesto Pruj