Pablo se levantó en medio de ellos en el Areópago, y dijo: “Atenienses, por todo lo que veo, ustedes son gente muy religiosa. Pues al mirar los lugares donde ustedes celebran sus cultos, he encontrado un altar que tiene escritas estas palabras: “A un Dios no conocido”. Pues bien, lo que ustedes adoran sin conocer, es lo que yo vengo a anunciarles. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos hechos por los hombres, ni necesita que nadie haga nada por él, pues él es quien nos da a todos la vida, el aire y las demás cosas”.
Hechos 17,22-25
Pablo llegó a Atenas, una de las ciudades míticas por excelencia, donde hay estatuas y templos construidos para las distintas deidades griegas. Para ellos, lo religioso pasaba por aquellos dioses: si había un terremoto, era Poseidón quien se había enojado; si había rayos y relámpagos, era Zeus, y así…
Entonces, Pablo se plantó y fue a anunciarles que venía otro Dios, ese que no conocían, uno que era el Dios que lo había creado todo, pero que, a diferencia de sus dioses, no necesitaba ni grandes templos ni grandes acciones.
¿Se imaginan estar en su lugar? Teniendo a todos en contra, sabiendo que seguramente lo tratarían de loco, pero con la certeza de que Dios lo respaldaba. Por eso fue a anunciar las buenas nuevas.
En estos días en los que la injusticia y la crueldad parecen estar de moda, tenemos que hacer como Pablo y tener fe, aunque el contexto sea hostil; Dios siempre está ahí, respaldándonos.
Aylén Schultheis La Motte