¡Cuántas cosas has hecho, Señor! Todas las hiciste con sabiduría; ¡la tierra está llena de todo lo que has creado!
Salmo 104,24
Nací en una chacra de Misiones. Recuerdo la noche en que volvíamos del pueblo con mi madre en el sulky, después de repartir las botellas de leche entre los clientes. Admirábamos el cielo estrellado, con una vía láctea repleta de luminosidad, cuando, de repente, mi madre señaló hacia el sudoeste y dijo:
—Mira, ahí está el comenta. No recuerdo cuál habrá sido el cometa que pasó cerca de la tierra, pero era brillante y tenía una cola perfectamente perceptible. Poder observar y admirar algo tan impresionante me hizo sentir más místico de lo que ya era. Me refiero a la capacidad de observar, admirar y embelesarme con las pequeñas y grandes cosas de la creación.
Por aquella misma época, mientras trabajaba en la chacra, creo que estábamos carpiendo el mandiocal (es decir, cortando la maleza con un azadón en la plantación de mandioca, conocida como yuca) con mi padre. Al pasar cerca de una planta de pindó (nombre de la palmera en la tierra misionera), recogí algunas frutas del suelo para comerlas. Le pregunté a mi padre por qué, en todas las chacras, cuando se hacía un desmonte, se dejaban las palmeras.
—La madera no sirve y de paso le dejamos comida a pájaros y a otros animales, —Me contestó.
Nuestros padres y abuelos no hablaban de ecología ni del cuidado de la creación; lo hacían y lo practicaban, seguramente porque habían sido educados en un contexto de trabajo agrícola consciente, en el que se dejaba vegetación en los callejones y en algunas zonas de los campos para proteger semillas y animales. También seguramente por su convicción de que detrás de la naturaleza está la mano de Dios.
Waldemar Von Hof