Sucederá que en los últimos días, dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre toda la humanidad; los hijos e hijas de ustedes hablarán de mi parte, los jóvenes tendrán visiones, y los viejos tendrán sueños.
Hechos 2,17
Un espacio para todas las personas, en el que cada cual pueda desplegar sus dones sin prejuicios, libremente, con la oportunidad de crecer… Creo que es algo que todos anhelamos: un lugar sin brechas generacionales ni desprecio hacia ninguna etapa de la vida.
Estas palabras forman parte del discurso de Pedro en Pentecostés, el momento en que la iglesia nació con fuerza y entusiasmo, y que todavía perdura gracias a la presencia de Jesucristo, la fuerza del Espíritu Santo y la bendición de Dios.
Pero nada es perfecto; por eso, en las comunidades de fe hay rispideces entre los grupos que se congregan: la comisión local se queja de las catequistas, los grupos de damas de los jóvenes, los jóvenes de la comisión local que les llama la atención porque el espacio de reunión estaba… Podríamos decir que es algo propio de cualquier familia: unos quejándose de otros, pero sin dejar de amarse.
En cualquier caso, esos enfrentamientos no son buenos. ¿Por qué no sumar las fortalezas de cada grupo? ¿Por qué no imaginarnos espacios comunes en los que jóvenes y mayores puedan disfrutar juntos, compartiendo visiones y sueños?
Con frecuencia, la Iglesia replica la sociedad en la que vive, olvidando que su esencia cristiana es ser un movimiento contracultural. Por ello, la familia cristiana está llamada a demostrar que sí es posible aquello que la sociedad considera imposible.
Amado Jesús, ayúdanos a permanecer firmes en tus enseñanzas y a seguir tu ejemplo para hacer de nuestras comunidades espacios abiertos e integradores. De esta manera, daremos testimonio de amor en libertad que el mundo necesita. Amén.
Estela Andersen