Así fue, y Dios vio que todo lo que había hecho estaba muy bien, luego descansó…
Génesis 1,31-2,2
Aunque Dios no pregunta qué pensamos del trabajo de su creación, podemos afirmar con toda seguridad que está todo muy bien. Cuánta diversidad, cuántos colores, cuánta dedicación y armonía en su arte. El poder del trabajo de Dios es indiscutible. Dios habla y el mundo es creado, y paso a paso vemos el ejemplo original del uso correcto del poder.
Aunque a diario, las personas trabajamos en intentar estropear la creación o hacer que la tierra no sea apta para la abundancia de vida, Dios tiene un poder infinitamente más grande para redimir y restaurar. Génesis no respalda la idea de que el mundo es irremediablemente malo y que la única salvación es escapar al mundo espiritual inmaterial, lo que de alguna manera juega en la imaginación de algunos movimientos cristianos.
Mucho menos defiende la idea de que mientras estemos en la tierra, debemos pasar el tiempo en tareas “espirituales” en vez de “materiales”. No existe una separación entre lo espiritual y lo material en el mundo bueno de Dios. Al final de los seis días, Dios termina la creación del mundo, pero esto no significa que Dios deja de trabajar, ya que Jesús dijo, “hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo” (Juan 5,17).
Eso tampoco significa que la creación está completa ya que, como veremos, Dios deja bastante trabajo para que las personas contribuyan en la creación. Mientras sigue corriendo el tiempo, Dios bendice seis días para el trabajo y uno para el descanso. Este es un límite que el mismo Dios guarda y más adelante también se convierte en su mandato para las personas (Éxodo 20,8–11). El descanso sirve para no olvidar la bondad y el amor de Dios en Cristo Jesús en comunión y comunidad. Hay que recuperarlo y honrarlo.
“Mi corazón entona la canción: ¡Cuán grande es él!” (Cancionero Canto y Fe N°183).
Jorge Buschiazzo