Cristo es nuestra paz: de dos pueblos hizo uno solo.
Efesios 2,14
Este pasaje nos habla de reconciliación, de unidad, de una paz que no es superficial, sino profunda y transformadora. En Cristo, las divisiones que antes parecían insalvables han sido derribadas. Ya no hay extranjeros ni enemigos, sino hermanos unidos por la misma gracia. A veces vivimos encerrados en nuestras diferencias: culturales, sociales, religiosas. Nos cuesta ver al otro como parte de un mismo cuerpo. Pero este texto nos recuerda que en Dios no hay muros que separen, sino puentes que unen. La cruz de Cristo no solo nos reconcilia con Dios, sino también entre nosotros.
Dos personas que han estado distanciadas se miran con sinceridad y deciden volver a caminar juntas. No porque todo esté resuelto, sino porque el amor es más fuerte que el rencor. Así también actúa Dios: nos llama a dejar atrás lo que divide y a construir desde lo que une.
Dejar que el amor de Cristo influya en nuestras relaciones, nuestras comunidades y nuestras decisiones es una forma de vivir desde lo profundo. No se trata de negar lo que nos diferencia, sino de aprender a convivir con respeto, reconociendo que la fe compartida puede unirnos más allá de cualquier frontera
Oración: Señor, gracias por derribar los muros que nos separaban.
Ayúdame a vivir en tu paz, reconociendo en cada persona a un hermano, a una hermana, unidos por tu amor. Amén.
Paola Dietze Reckziegel