Así también, ustedes considérense muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús.
Romanos 6,11
En la Iglesia primitiva el bautismo se hacía sólo por inmersión. Esta práctica era totalmente entendible porque era el requisito necesario para pasar del paganismo al cristianismo. El bautismo era mucho más que un simple sumergimiento en el agua. Más que hacer una confesión de fe. De manera simbólica era como morir a una vida pecaminosa y ser sepultado para resucitar a una nueva vida. El cambio era tan radical que podía considerarse como un nuevo nacimiento.
Ese cambio de vida, en realidad, es un proceso permanente. Cada día es una nueva oportunidad para enterrar lo ruin y miserable que anida en nuestro corazón para renacer a esa vida llena de gracia que nos ofrece Jesús.
El texto propuesto para hoy nos recuerda que todo esto es posible si vivimos unidos a Cristo. Que no hay cambio posible si no estamos ligados a él como pámpanos a la vid.
Hay un relato que nos cuenta de un árbol frutal del cual brotaban dos grandes ramas. El árbol soportaba con valentía las fuertes sacudidas del viento. Hasta que un día una de las ramas, cansada de las bofetadas que le hacían perder las hojas en cada temporal, cansada de las podas de cada otoño y de que le arranquen los frutos, decidió desprenderse del árbol. ¡Qué feliz se sentía! Al fin libre. Hasta que de repente sintió que le faltaba la respiración. Las hojas se volvían amarillas y los frutos comenzaban a podrirse. Y notó que sin estar unida al tronco, no tenía vida.
Quiera Dios ayudarnos a permanecer en Cristo para poder así, ser cristianos fecundos.
Stella Maris Frizs