Martes 30 de junio

El Señor sostiene a los que caen y levanta a los que desfallecen.

Salmo 145,14

Hace poco llevé a la menor de mis nietas a pasear a la plaza. Ella recientemente comenzó a caminar, todavía no lo hace solita por lo que busca siempre sostenerse de la mano de quien camina a su lado. Ella confía en que, si tropieza, la mano de la cual se toma le impedirá caer. Y, si por caso, se cansara de caminar, uno la levantaría y la llevaría en andas sosteniéndola en sus brazos. Ésta siempre me ha parecido una hermosa imagen para graficar la confianza que nos sobreviene al pensar en nuestra relación con el Señor. Muchas veces en mi vida, he tenido la necesidad de asirme de esa mano que se extiende firme a mi lado para que la tome.
En esos momentos de debilidad, o de preocupaciones, he experimentado aquello que el apóstol Pablo escribe en 2 Corintios 12,9: “Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad”. Así como el amor que siento por esta pequeña niña que se toma fuertemente de mi mano, así el amor de Dios me toma y acuna. Nadie está exento de dificultades, ellas están ahí, forman parte de lo cotidiano. Pero nuestra fe nos lleva a experimentar la confianza en que nuestros pasos serán firmes y seguros en las manos del Señor y en que, si caemos o desfallecemos, él nos levantará las veces que sea necesario. Al igual que mi nieta camina a mi lado confiada en mi sostén y auxilio, así también camino al lado del Señor cada día, todos los días, de mi afortunada vida.

David Juan Cirigliano

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