¡Alégrate mucho, ciudad de Sión! ¡Canta de alegría, ciudad de Jerusalén! Tu rey viene a ti, justo y victorioso, pero humilde, montado en un burro, en un burrito, cría de una burra.
Zacarías 9,9
Recuerdo cierta vez que fui a visitar a una de mis tías, hermana de mi padre. Ella vivía junto a uno de mis primos con el cuál todavía mantenemos la amistad. No era su hijo, sino hijo de su hermana menor. Por motivos que no vienen al caso, ella lo había criado y adoptado como suyo. No sé por qué recuerdo esa visita en especial, pues, en esa época, yo la visitaba a menudo, pero ese día quedó firmemente registrado en mi memoria y en mi corazón. La alegría con la cual ella enfrentaba la dureza de su vida cada día, la sencillez y humildad en el trato con los demás, su disposición al servicio; todo esto, y mucho más, hace que me sienta agradecido por las palabras y los gestos que ella supo prodigarme.
El texto compartido en el encabezado, forma parte del libro del profeta Zacarías. Éste, junto a Hageo y Malaquías, son los profetas del pueblo de Dios que invitan a la esperanza y a la fe luego de la experiencia del exilio en Babilonia. Es decir, es una invitación a creer y confiar en el beneplácito y el amor de Dios, aun en los momentos más difíciles. Creo que la humildad y la alegría en mi tía eran alimentadas continuamente por esta confianza. Ella esperaba en el Señor, en ese que iba a venir, que está viniendo, a cambiar la historia y transformar la vida. En su aflicción, se abría paso la esperanza.
David Juan Cirigliano