Así como la lluvia y la nieve bajan del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, y producen la semilla para sembrar y el pan para comer, así también la palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto.
Isaías 55,10
Doña Marta tenía un pequeño huerto detrás de su casa. Cada mañana, al regar sus plantas, recordaba cómo una simple semilla, con agua y tiempo, se convertía en algo fuerte y fructífero. “El agua nunca vuelve al cielo sin antes dar vida a la tierra”, decía con una sonrisa.
La palabra de Dios es como la lluvia: donde cae, transforma. A veces, nos cuesta ver el fruto de lo que Dios nos dice. Nos preguntamos si nuestras oraciones, nuestras acciones o nuestro testimonio hacen alguna diferencia. Pero Dios nos asegura que su palabra nunca es en vano. Puede tardar, como una semilla bajo tierra, pero en el momento justo dará fruto.
Siembra con confianza. Lee, escucha y vive la palabra de Dios.
Como la lluvia que riega la tierra, su mensaje siempre traerá vida.
Al caer la lluvia / resurge con verdor / toda la floresta. / ¡Renueva la creación!
“Mira el rojo lirio; / el duende ya brotó. / ¡Bella primavera / que anuncia su fulgor!” (Cancionero Canto y Fe Nº 369).
Clara Meierhold