Así pues, ahora ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús, te liberó de la ley del pecado y de la muerte.
Romanos 8,1-2
Vivimos en tiempos de exigencias, culpas y estándares inalcanzables. La presión por los resultados es enorme. Se nos presiona para que parezcamos perfectos: en nuestras redes, en el trabajo, en la vida. Cuando fracasamos, la frustración se apodera de nosotros. Al fin y al cabo, queremos estar a la altura de los valores de la sociedad en la que vivimos. La realidad nos muestra que este camino está marcado por mucha tristeza, decepción, injusticia y sufrimiento.
Pablo proclama una verdad liberadora: “Ya no hay condena para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8,1). En Cristo, nuestra culpa fue perdonada en la cruz. La ley que exponía nuestro fracaso se cumplió en Cristo. El Evangelio nos da otros parámetros que los que guían la vida en sociedad.
Ya no tenemos que vivir prisioneros de lo que piensen los demás, del miedo o de la vergüenza. Dios no nos condena. Al contrario, nos llama a vivir una vida nueva, guiada por el Espíritu, basada en relaciones sanas que lleven la marca de la solidaridad, la compasión, la amistad y el perdón.
Hoy, en medio de la cultura de la acusación y de la perfección forzada, podemos recordar: somos libres. Fieles a Cristo e inspirados por su modo de vivir, somos libres para recomenzar, para ser transformados, para vivir en la gracia que nos sostiene cada día.
Señor, gracias porque en Cristo no hay condenación. Ayúdame a vivir esta libertad, guiado por tu Espíritu y sostenido por tu gracia. Líbrame de la culpa, del miedo y del peso del rendimiento. Enséñame a confiar en tu amor y a reflejar tu justicia en mi vida. En el nombre de Jesús. Amén.
Nestor Paulo Friedrich